[A por ellos] "El profesor de matemáticas", por Mikel Recalde

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No me gusta la expresión “caerse del póster”. Para mí representa el fracaso. Al ídolo venido a menos. Lo mucho que admiraste y quisiste a alguien, y la decepción hasta provocar en muchos casos la indiferencia. Ya saben, son las famosas historias de lo que fue y ya no es. Esto se aplica mucho en el amor y en el deporte. Aquí sobre todo en el fútbol, que es de largo el que más pasiones genera. Al menos por estos lares. 

 Tengo la suerte de que a mí se me han caído pocos héroes del póster. Esta semana he soplado velas, cuarenta y todos, y puedo decir con orgullo y satisfacción que la Real es una de las cosas que más ilusiones me ha dado y más me ha llenado en la vida. Ya lo saben, cuando eres aita y tienes la inmensa fortuna de disfrutar de una hija como la mía (imagino que todos los padres pensarán lo mismo) te vuelves más blando y sentido. Dos títulos de Liga no celebrados porque era muy txiki, dos Copas inolvidables, una con doce años con ese sabor de euforia incontrolable, y la de para siempre, de 2021, ante el eterno rival, con ese sabor agridulce de gloria absoluta, pero de frustración por no poder festejarlo por la maldita pandemia, muchísimas victorias memorables… En 49 años, desgraciadamente sufrí un descenso, pero, bueno, con todo lo que he vivido y visto en el mundo del fútbol y por mucho que doliese hasta el llanto, tampoco puedo dar por malo purgar solo tres cursos en el infierno en un largo medio siglo. Todos estos momentos clave de mi trayectoria en txuri-urdin fueron en color y a mí siempre me ha gustado guiarme por mis propias experiencias. La historia tiene su peso y su valor, por supuesto, pero, según mi criterio, cada uno es libre de concederle mayor o menor importancia. Sobre todo cuando uno ya tiene un cierto bagaje en el fútbol (39 años de socio). A unos les gusta vivir del pasado y otros preferimos valorar más el presente. Dicho esto sin ánimo de ofender a nadie. Solo es opinión. La mía. 

 No tiene nada que ver con el póster, porque en ese soporte solo permiten la entrada de ídolos. Pero a mí se me cayó un mito esta semana. Lo cuento con cariño y con el mayor de los respetos hacia su persona. El pasado domingo tuve la desgracia de perder el móvil (créanme que para un periodista lo es, sobre todo con el mercado abierto en enero). El lunes a primera hora estaba en la tienda para reactivar mi tarjeta cuando me encontré con mi apreciado profesor de matemáticas en Marianistas, Jesús Mari Erauskin. Siempre he sido un fanático de la Real y a lo largo de mi vida he conocido a poca gente que podía empatarme en cuanto a sentimiento. Este docente era uno de ellos, sin lugar a la duda. Si había ganado la Real y le ponías un periódico en la mesa un lunes a primera hora de la mañana se podía fumar media clase comentando el partido. Si había examen, algunos que no eran tan buenos estudiantes mejoraban sospechosamente sus calificaciones. El caso es que me explicó que el domingo había invitado a su nieto a ver el partido a su casa y justo se quedaron sin conexión, por lo que estaba, lógicamente, indignado. Al cabo de un buen rato charlando, me vino a la cabeza que el partido de la Real en Málaga lo emitió La2, por lo que podía haberlo visto en los canales de siempre. Su respuesta me dejó muerto: “No, es que el encuentro que queríamos ver era el de Eibar. Mi nieto es del Athletic”. Debí poner semejante cara que se tuvo que explicar: “Ya sabes, ha ganado la familia política”. Moraleja, no se relajen. Están por todas partes. Son una amenaza real. Mis dos sobrinos estudian en Bilbao y están advertidos del peligro. Y de los límites de las condiciones para negociar el rescate.

Cada uno vive la rivalidad como quiere o puede. Como suele ser habitual cuando el duelo se juega allí y a pesar de su excelente trayectoria en Liga, en el País de los Ofendiditos algunos se han empeñado en calentar el derbi. Lo han hecho de esa manera tan peculiar, como quien no quiere la cosa, señalando al prójimo, analizando hasta la más mínima palabra del contrincante para tergiversar y escandalizar. Y, por supuesto, eligiendo bien los personajes entrevistados. Ay, esos complejitos que tanto vendo y para mí no tengo… Eso sí, no hay derecho a elevar a la categoría de noticia una opinión de un profesional con nombre y apellidos (en la pieza se refieren a un “periodista”), como Mauri Idiakez que prefiere ganar el derbi que eliminar al PSG. Yo no estoy de acuerdo con él en muchas cosas, como por supuesto en esa, pero sé el tono con el que se expresa, su estilo, y por supuesto que las respetaré siempre. Que por algo lleva mucho más tiempo que yo en la profesión. Tampoco parece razonable sacar punta a Imanol por decir que echa de menos los derbis calientes cuando este se juega en Territorio Comanche y a Barrenetxea por declarar que le gusta que le piten. Todo se resume con la máxima de que “cuando el sabio señala la Luna, el necio mira el dedo”. No me quiero ni imaginar si la declaración de Alkorta (que puedo defender que es un gran tipo que merece mucho la pena) sobre que no ve a ningún realista jugando de titular en este Athletic, la llega a hacer, por poner un ejemplo, Bixio Gorriz. Se vuelve a montar el belén y ponemos otra vez el nacimiento para celebrar la Navidad cuando estamos ya cerca de San Sebastián. 

 Insisto, esto es un derbi y cada uno respira la rivalidad a su manera. Unos lo hacen más hermanados y sin molestar, otros prefieren picarse más y al final en la viña del señor siempre tiene que haber de todo. Pero en nuestro derbi la gran mayoría de las veces, tanto allí como aquí, casi siempre ha imperado el sentido común y el respeto mutuo. Creo que ningún aficionado txuri-urdin puede discutir el enorme mérito del Athletic y su temporadón en Liga, así como ningún zurrigorri la campaña de los de Imanol, que se han colado entre los 16 mejores de Europa. Pero en este ambiente de concordia y tolerancia que siempre vendemos orgullosos al exterior, a mí me falta que en los estadios imponentes que tienen ambos equipos entren un mínimo de 1.500 seguidores visitantes en cada clásico vasco. Lo digo después de ver a los 6.000 de Newcastle en Sunderland, en un derbi con una rivalidad mucho más encarnizada y bañada en odio que la nuestra. Sé que es difícil, porque los socios de ambos equipos casi ocupan el aforo de San Mamés y Anoeta, pero me encantaría que ambas parroquias pudiesen convivir y confirmar la singularidad de nuestro derbi con más diversidad de colores en la grada. Como en la ida, solo un deseo, que gane el mejor. Que yo ya me entiendo. ¡A por ellos!

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