“Quedaba poco para el final cuando miré detrás y vi a mi hermano cabizbajo en la grada, luego eché un vistazo al palquito con mi mujer abatida y mi hija llorando…En ese momento me eché la mano al corazón ¡y no me latía! Estaba muerto en vida y sólo escuchaba los ecos del estadio”. Sé que suena exagerado, porque todo en Sandoval lo es, pero sinceramente le puedo llegar a entender. Aquella noche, mi apreciado Rayo Vallecano se pasó 33 minutos en el abismo. Me he remontado hasta la última jornada de la temporada 2011-12 (la primera de Montanier) y lo que pocos recuerdan es que el drama era absoluto en Vallecas, donde su equipo recibía al Granada, porque otro descenso hubiera supuesto probablemente la desaparición del club después de una temporada en la que sufrieron todo tipo de vicisitudes.

Uno no se puede considerar un verdadero y apasionado aficionado de fútbol hasta que no las pasa canutas en una última jornada en la que no le quedan uñas por comer ni santos a los que encomendarse a pesar de ser ateo. En esos momentos de máxima angustia, te agarras a cualquier clavo ardiendo y tu nivel de desesperación es tal que por dentro llegas a prometer que harás cualquier cosa con tal de que el destino te regale el ansiado gol de los tuyos. Bueno, al menos es lo que me pasaba a mí en plena agonía, no sé a ustedes.

Siempre me ha gustado llamar Generación Perdida a la que se pasó muchos años sin disfrutar del sabor de un buen partido de Copa. Yo pertenezco más a la que podríamos llamar la Generación de la Transición, a la que le pilló demasiado txiki los títulos de Liga, la que pudo apreciar la Copa de 1987 y que poco a poco fue sufriendo la decadencia y la dolorosa inadaptación de nuestro club a la Ley Bosman que nos abrió una insoportable ventana desconocida para todos nosotros llamada descenso. Eso sí, con el oasis de la Liga de mi vida que dejamos escapar en 2003 ante los flamantes galácticos de Florentino. Lo recordé cuando visitamos Montjuic, aquel partido entre el Espanyol de Lotina y la Real de Amorrortu que acabó con un milagroso gol de Corominas. Suspiré por no tener que ver las caras de terror que me rodearon esa tarde, sin darme cuenta de que ya las estaba contemplando en mi propio estadio hasta el punto de que doce meses después llegó el maldito cierre en Mestalla, la caída al pozo y el vacío. Por lo tanto, siempre he defendido que lo he llegado a pasar tan mal que, pese a haber salido flotando por el aire tras sellar la Real el pase a la Champions en el mar de lágrimas que era Riazor en 2013, casi prefiero que no se juegue nada en la última estación. Y cuando eso sucede y llegas con los objetivos ya alcanzados, lo importante es no hacer enemigos, que en eso también hemos sido pardillamente campeones del mundo.

La hora de poner notas

Es la hora de poner notas y la mía para este equipo es un sobresaliente. Vamos a hacer un juego. Imagínense que en el cierre del curso pasado, en la fiesta de Champions ante un Sevilla de Mendilibar recientemente proclamado campeón de la Europa League, nos dicen que una tarde de verano nos vamos a encontrar con nuestro delantero, cuyos goles nos habían aupado hasta la cuarta posición, disfrazado de vikingo con la camiseta del Villarreal y que, para más inri, iba a ser el pichichi del curso. Que solo días después, Silva, la pieza mágica que encajaba con todo tipo de jugadores y esquemas, se iba a romper la rodilla, lo que le condenó de forma cruel a la retirada.

Ahora ya entramos en análisis. El club, para potenciar un equipo en la que su mejor operación de largo fue retener al resto de sus estrellas, trajo como refuerzos Champions a Traoré, Odriozola, Tierney, Zakharyan y André Silva, de los que solo se puede decir que, con sus lagunas, ha triunfado y ha sido titular indiscutible el primero. Odriozola, Tierney y André han estado lastrados por las lesiones y, en el caso de los foráneos, no se puede discutir que fueron unas operaciones arriesgadas por sus antecedentes médicos en un tema que, y en esto sí que exigimos ser muy serios, no se puede volver a repetir en las siguientes ventanas de mercado. Y luego el gran problema de Zakharyan es que aterrizó como el sustituto de David Silva cuando todos éramos conscientes de que no iba a saber por dónde le daba el aire hasta la pretemporada que viene (que también está por ver). En enero aterrizaron Becker, que al final ha cumplido unas expectativas que no eran demasiado elevadas, y Javi Galán, que pasará a la historia por convertirse en el mayor referente de refuerzo de rendimiento inmediato. El tema André lo cierro con que, junto a Sadiq y Carlos, solo han anotado 10 goles. El vikingo lleva 26. Con eso queda todo dicho y el asunto está zanjado.

Sobresaliente con asterisco

Sin la aportación de los fichajes ni las dianas de los arietes, el sobresaliente viene acompañado de un asterisco que lo definirá con el paso del tiempo de milagroso. Y, aunque todos estamos de acuerdo con que su método flaquea en febrero y marzo y podía haber hecho más rotaciones dando más minutos a jugadores preparados y por ende descanso a piezas clave, a mí el éxito de esta temporada me parece una obra de autor. Con la firma de su entrenador, Imanol Alguacil. Los casi innombrables penaltis fallados por Brais y Oyarzabal que nos dejaron sin la final de Copa no pueden ser las ramas que nos impidan ver el bosque de la excelencia alcanzada en la fase de grupos de la Champions. Con el paso del tiempo y la desmedida euforia del eterno rival se nos olvida, pero es que este equipo tocó el cielo jugando como los ángeles ante tres muy buenos rivales. Si no valoramos alcanzar unas semifinales de Copa es que nos estamos confundiendo y, acabar sextos ganando una final en campo rival, un Villamarinazo ante 58.000 enfervorizados aficionados, y con una plantilla ya bajo mínimos adquiere una estimación incalculable.

Volviendo al principio. Tamudo le dijo a Sandoval que si le sacaba ponía el estadio patadas arriba al estilo Brais ante el Inter o Barrene frente al Benfica y el técnico lo contó así: “Piti hace un recorte, hace dos, tira, remata Michu al larguero y veo aparecer una cabecita por ahí y un estruendo: ¡¡Gooool!!! Siento que me empieza a latir el corazón otra vez, me doy la vuelta para buscar a mi hermano en la grada, me abrazo con él… y resulta que era el guardia de seguridad. Madre mía, lo que hemos conseguido, que la gente sea feliz”. Con las dos eliminaciones seguidas, lo que se nos rebajó fue el suflé de la felicidad, pero yo siento que me late fuerte el corazón cada vez que veo jugar a la Real de Imanol. Por quinto año consecutivo se mantiene el estado de ilusión y alegría. Como si lo mejor estuviera por venir. De momento, ya vamos a por la sexta. ¡A por ellos! l

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