[A por ellos] "Orgullosos de nuestros jugadores", por Mikel Recalde

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¿Cómo era aquello? No pasa nada tenemos a Arconada. ¿O era no se desunan? Europa entera frotándose los ojos con la exhibición de nuestro equipo (sí, he dicho bien el nuestro, nuestra Real) y nosotros discutiendo y despellejando al entrenador y a los jugadores por los cambios y su escasa aportación. Es una pena. La Real jugó tan bien y minimizó tanto a su rival, que muchos nos olvidamos de que enfrente se encontraba el vigente subcampeón de Europa y el mejor equipo de Italia con diferencia. Estamos en lo de siempre, después de lo que vivimos el miércoles, una noche mágica con una atmósfera extraordinaria que, en boca de los que estuvieron allí, no desmereció el otro baño que recibió el Inter en Donostia en 1979, uno tiene dos opciones: quedarse con los 75 minutos en los que los nuestros (insisto, los nuestros, héroes, que algunos lo olvidan) arrasaron a un coloso europeo o tirarse de los pelos por los minutos finales en los que, aunque nos cueste reconocerlo, imperó la cruda y dura realidad. Lo siento, para el que no lo sepa o haya perdido por completo la perspectiva de la verdad, le voy a hacer un favor y a revelar un secreto: son mucho mejores. Y si se juegan algo en la última jornada, a pesar de que, como siempre con este proyecto, confiaremos (yo al menos) en los nuestros, tendremos muy pocas opciones de lograr la clasificación. Porque, insisto y aumento mi apuesta, desgraciadamente son mucho mejores.

¿Qué fue lo más destacable de la noche del miércoles en Anoeta? Aparte de la afición y el clima que generó en el estadio que asustó a un gigante acostumbrado a competir en coliseos mayores, nuestra Real fue un auténtico volcán. Con y sin balón. Una máquina casi perfecta con momentos de fútbol champagne, con otros más de control y en todo momento con una exhibición maravillosa de lo que significa un trabajo de sinergia, solidaridad y entrega absolutas. Por si fuera poco, todo esto lo aderezó con una autoestima y una fe ciega en sus posibilidades y en el plan que había diseñado su entrenador para intentar, no ya plantar cara, sino tumbar al Inter. Poco, muy poco le faltó. Imposible no sentirse orgulloso de esta espléndida Real, de la comunión grada-equipo, de la explosión de Barrenetxea; de la enésima confirmación top de Zubimendi; del animal de Merino; del violín de Brais; de Kubo, heredero de la magia de Silva; de los dos centrales con un Zubeldia imperial que no encuentra límites y de Oyarzabal. El capitán no necesita que le defienda nadie, ahí está su currículum y el que quiera recordarlo o lo haya olvidado, que se tome otra tarde libre para consultarlo con detenimiento. Todo con la txuri-urdin. Siempre. Una verdadera leyenda de solo 26 años. Sí, es cierto que no atinó con un cabezazo a un metro de la portería, como también lo es que no tengo ni la más mínima duda de que más pronto que tarde recuperará el nivel que le llevó a ser la estrella de la selección y que volverán sus goles, porque siempre ha marcado. Hay que ser muy grande como compañero y como futbolista y sentir mucho la camiseta para correr siempre hasta derramar la última gota de sangre, sudor y lágrima cuando antes de la lesión su nivel era top europeo. No es culpa suya ni de Imanol que a día de hoy sea el más indicado para ocupar la plaza de 9 que dejó vacante Sorloth. Si fuese niño, también me compraría la 10 con su nombre a la espalda. Hoy más que nunca. Oyarzabal es eterno. Pero como me decía un técnico de Zubieta, “algunos piensan que va a regatear a cuatro y se la va a picar al portero. Pero si él nunca ha sido así, ese no es su juego”.

Imanol no es malo haciendo cambios. Tampoco lo es leyendo los partidos. Lleva cinco años tomando decisiones con un porcentaje exagerado de aciertos. Su equipo es un ejército que aparte de jugar como los ángeles está formado por todo obreros y peones a los que no se les caen los anillos por correr con cada balón como si fuese el último. Esa es la mejor demostración de que creen ciegamente en el plan de su patrón. Como es normal, a veces estará más o menos brillante. Pero antes le acusaban de inmovilismo y ahora estamos acostumbrados a ver a sus pupilos dominar a la perfección dos sistemas. O incluso tres, ya que, aunque esta vez no salió bien, también acaba muchos partidos con tres centrales. Todos tenemos un entrenador dentro. Yo por ejemplo hubiese sacado a Magunazelaia en lugar de Álvaro (después de tanto tiempo mejor que juegue en su puesto) para que se pegara con todos como ya hizo con los del Manchester la campaña pasada. Pero nunca se sabe ni ya se sabrá. Tampoco contamos con la certeza de que apostando por un medio como Turrientes en lugar de un tercer central hubiesen controlado la abrumadora ofensiva de las tropas italianas. Acerbi (31 partidos con la azzurri), Frattesi (7 veces, autor de un doblete en su último encuentro contra Ucrania), Dimarco (12, titular indiscutible), Alexis Sánchez (155 internacionalidades, mito chileno) y Thuram (12 partidos con Francia y hombre de moda en el Scudetto) fueron los cinco cambios que introdujo Inzaghi en la segunda parte. Sí, los nuestros estaban cansados y bajaron mucho, pero bueno, igual el gran problema es lo que tenían enfrente que, como he dicho anteriormente, habían conseguido borrar durante 75 minutos, en los que Remiro se pudo fumar un paquete de cigarros en el Atano III o ir a cantar y saltar a la Zabaleta que el resultado hubiese sido el mismo.

Ahora bien, la autocrítica es obligatoria aunque no fuese ninguna garantía de éxito. Muchos siguen asegurando que la Real cuenta con mejor plantilla y con mejor equipo que el año pasado. Yo, hasta el día de hoy y teniendo presente su inolvidable exhibición de 75 minutos, me temo que no. Ninguna duda en un once de plenas garantías, pero en el banquillo Imanol contaba con canteranos de nivel para evitar el indiscutible bajón. El contrastado Aihen; Urko, Turrientes y Olasagasti que son internacionales sub’21; el capitán del Sanse Magunazelaia; Sadiq, el fichaje más caro del club; Momo Cho, supuestamente el mejor sub’20 francés; y Zakharyan, uno de las mayores promesas del continente. Es tan evidente que se podía haber sacado más rendimiento como que algunos deben espabilar. Imanol debe ser consciente de que no puede definir de forma tan clara la unidad A y la unidad B, porque de lo contrario, le seguirán sucediendo estas cosas. El salto de Cho en la jugada del empate no es de recibo, debe dar ya un paso al frente. Y Sadiq está regresando (hoy podría cerrar el círculo ante el equipo contra el que se lesionó), pero parece aturdido, como aquel jugador del Liverpool que recibió un golpe en la cabeza y cuando le fueron a atender en la banda el gran Bill Shankly le comentó a su ayudante: “Tú dile que es Pelé, que salga y empiece a marcar goles”. Con el ruso y Odriozola entiendo que hay que tener un poco de paciencia, pero sin exageraciones, que son dos de los cinco refuerzos Champions (en esto, cada palo aguanta su vela).

Insisto, Imanol debería evitar que se diferencie de forma tan reconocible los titulares y los suplentes, porque los esfuerzos extra como el del miércoles le van a acabar obligando a afrontar rotaciones masivas y eso no ayuda ni a los titulares ni a los suplentes que no están acostumbrados a jugar y menos aún a hacerlo con compañeros sin el ritmo en encuentros en los que está prohibido fallar como ante el Getafe (no olvidamos el doloroso 2-1 tras la gesta el año pasado en Old Trafford).

Dicho esto, que también es necesario y justo, solo quiero dar las gracias al equipo, entrenador y jugadores por un partido mágico y esplendoroso. La noche en la que la Real volvió a presentar sus credenciales en la corte de los reyes de Europa. Maradona solía coger de la cara a sus jugadores uno a uno y les decía antes de los encuentros: “Confío en ti”. Podríamos decir lo mismo. Eskerrik asko. Orgulloso de la Real y de nuestros jugadores. Creemos y confiamos en vosotros. ¡A por ellos!

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