[A por ellos] "Un submarino amarillo en La Concha", por Mikel Recalde

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Es curioso cómo funciona el cerebro. De vez en cuando se mete una canción en la cabeza y no paras de cantarla o tararearla durante días. A mí me ha pasado esta Semana Santa. Sin quererlo ni beberlo llevo tiempo entonando una melodía que inventó alguna mente retorcida pero precozmente brillante en mi etapa en el Liceo Francés. Todavía éramos unos críos cuando un compañero, Igor Casares, que siempre demostró poseer mucha imaginación, defendía a capa y espada que tenía un submarino amarillo atracado en La Concha. Ahora parece fácil, pero alguien de mi clase adaptó la inmortal canción de los Beatles y le cambió la letra de forma que tuvo tanto éxito que era la melodía que no faltaba jamás en el autobús cuando nos íbamos de excursión: “Amarillo el submarino es, de Casares es, en La Concha está”. Que nadie se ponga en lo peor, lo hacíamos sin maldad, el ideólogo era un buen chaval.

Pero lo cierto es que se me quedó tan grabada que todavía me sorprendo a mí mismo entonándola a voz en grito. Como defendía un filósofo, “la vida es tener buenos recuerdos”. Y nada mejor que sembrarlos y cultivarlos con un viaje de fin de semana largo, como el pasado con cuatro amigos de mi cuadrilla de siempre. Los mismos que, como he repetido en muchas ocasiones, me ponen los pies en el suelo al vivir bastante al margen, más que del fútbol, del día a día del periodismo deportivo y no tener ni idea de quién ha sacado un nombre de un posible refuerzo de la Real o de quién ha publicado una noticia. Para serles sinceros, les importa un rábano.  

Dicen que los mejores recuerdos son los que tenemos guardados en nuestros corazones y que nos hacen sonreír cuando los rescatamos o los rememoramos. Todo iba tan rodado y armonioso en este artículo hasta que se cruzó Mendizorrotza. Un estadio aparentemente amigo, en el que no han parado de sucedernos, tanto de forma personal como coral, todo tipo de accidentes y fatalidades.

Lo digo de primeras para que quede bien claro. Siempre me ha caído bien el Alavés. Cuando aún no había viajado nunca a ver un partido de la Real me llamaba mucho la atención el ambiente de su viejo estadio y que varios amigos alaveses futboleros me defendían siempre que, aunque no lo pareciese (sobre todo en aquellas travesías tenebrosas por la inhóspita Segunda B) había mucha más afición al Alavés que al Baskonia (no tengo problemas en reconocer que siempre ha sido mi equipo en baloncesto, aunque, obviamente, les desee lo mejor a los nuestros). También le seguí muy de cerca durante la época en la que jugaba Iván Campo, mi amigo y compañero de clase, y de donde le fichó el Valencia ante el incomprensible e inconcebible pasotismo de los técnicos de Zubieta. Ahí está su currículum individual para el que lo quiera discutir.  

Lo reconozco, tuve la inmensa fortuna de perderme el famoso partido que cerraba la Liga 1998-99, el segundo en el campeonato doméstico que disputó Olabe de txuri-urdin a pesar de que, para ser justos, los que le tienen ganas obvian que llegó como un héroe de Salamanca. Fue el famoso día de “este partido lo vamos a perder”, preludio del tan sonado y fallido ridículo ante Osasuna dos años después. Esa tarde De Pedro se llevó todos los palos por pedir perdón a la grada cuando fue el único que demostró haber hecho su trabajo al firmar un golazo de los suyos (por cierto, llevábamos 35 años sin visitar Vitoria en Liga). 

A partir de ahí empiezo la tétrica lista de la entrada al purgatorio alavés. O al mismísimo infierno. En la siguiente visita por fin me estrené en Mendizorrotza con una Real agonizante con una dolorosa remontada local en las postrimerías del encuentro gracias a un doblete de Javi Moreno cuando en los mentideros corrió el rumor de que solo habían competido tres que no estaban el año anterior (el 9 titular era un tal Meho Kodro y ese comentario multiplicó aún más el escozor). Y unos posteriores cánticos demasiado ofensivos de aún no sabemos muy bien qué sector de la grada que prefiero olvidar simplemente porque estoy seguro de que hoy no habrían sucedido…

El Alavés se clasificó para Europa, me mandaron a cubrir su estreno ante el Gaziantepspor y en el descanso me tuve que volver a casa porque a mi añorado tío unos malnacidos y sobre todo indocumentados etarras habían decidido dispararle en la cabeza (evidentemente, al lado de semejante putada, todo lo demás suena a los berrinches infantiles de mi hija). Después llegó el despido del buenazo de Amorrortu tras un infame 3-1 cuya crónica titulé “En ocasiones veo muertos” (lo asumo, no soy tan agudo como el inventor de la letra del submarino de Casares) cuando la tragedia del descenso ya se antojaba inevitable. Pero lo peor estaba por llegar, con el cruel 3-2 que nos dejó sin ascenso a Primera y que muchos realistas, jamás lo olvidaremos, celebraron al anteponer sus guerras e intereses particulares. Lo vi con mis propios ojos bañados en lágrimas. Más recientes son las gravísimas lesiones de Guridi y Barrenetxea que pusieron en riesgo sus carreras. Esta semana se rompe Brais… Siempre pasa algo, como para no creer en brujas en un estadio en el que los registros txuri-urdin son alarmantes.

Los partidos de 2017 y 2019

Que se tranquilicen los más agonías y cazarrecompensas en busca de gafes, tampoco falté en los dos encuentros seguidos que se ganaron entre 2017 y 2019. Y hasta en 2005 asistí a la célebre e irreverente cucaracha de los brasileños blancos, que no sé aún si sirve para compensar algo o para agravarlo. Antes del duelo de Anoeta mostré mi recelo con este innovador y supuesto matrimonio de conveniencia que ha inventado y sellado Olabe. En estas mismas líneas expresé mi preocupación por el futuro en el otro vecino de Gorosabel que se parece que se confirmará en breve. Pero viendo el magnífico rendimiento de Guevara, que ha callado muchas bocas por estos lares, y de Guridi, tengo claro cuál es la compensación que de verdad interesa a la Real y es que el camino de vuelta a Donostia tenga tan pocas curvas como el de las salidas a Vitoria. Confiamos y creemos en la victoria realista, asumimos que cualquier resultado es posible, pero por favor, que no suceda nada tan extraño como que emerja un submarino amarillo en La Concha. Necesitamos más recuerdos buenos de Mendizorrotza. ¡A por ellos!

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