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Alexander Zverev llegaba como favorito tras ser campeón de Roland Garros. 
Pero las semifinales del torneo de Halle ante Taylor Fritz terminaron convirtiéndose en algo más que una derrota deportiva: un testimonio de la compleja batalla diaria que libra el alemán contra la diabetes tipo 1.
El marcador final reflejó una batalla reñida: 6-7(4), 6-4, 7-5 a favor del estadounidense, que extendió su dominio sobre Zverev (séptima victoria consecutiva). 
Sin embargo, el verdadero relato del partido surgió en la rueda de prensa posterior. Sascha no habló de cansancio, ni de la hierba, ni siquiera de su espalda, que recibió atención médica.
Habló de glucosa, insulina y un error tecnológico que le pasó factura. “Jamás me había pasado algo así. El sensor de glucosa que uso me dio una lectura completamente incorrecta”, explicó Zverev.
“Me indicaba valores muy altos cuando en realidad estaban muy bajos. Durante los primeros 45 minutos tuve que consumir cerca de 300-350 gramos de azúcar. Me sentía horrible”.
El alemán, que convive con diabetes tipo 1 desde hace años y utiliza estos sensores desde 2016-2017, describió un escenario desconcertante: el dispositivo le hacía creer que tenía hiperglucemia, lo que lo llevó a inyectarse más insulina de la necesaria.
La realidad era una hipoglucemia que lo dejó físicamente mermado, bebiendo bebidas de glucosa una tras otra en plena pista para intentar estabilizarse.
“Si alguien revisa el partido, verá que estuve bebiendo una bebida de glucosa tras otra constantemente. Eso es muy complicado de gestionar. Es como beber una enorme cantidad de refresco durante un partido. Evidentemente no te sientes bien”, añadió.
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