Enfado de la afición de la Real Sociedad por el dispositivo para acceder al Estádio da Luz

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Incertidumbre, cabreo y, a ratos, miedo. Eso es lo que sintieron los 3.500 aficionados txuri-urdin que viajaron a Lisboa a ver el partido entre el Benfica y la Real. La razón: el dispositivo organizado para entrar al campo que hizo que la mayor parte de la hinchada pudiera acceder al estadio bien entrado el encuentro.

La jornada se había desarrollado con absoluta normalidad por las calles de Lisboa, donde el mayor de los problemas los provocaron los intensos chaparrones que deslucieron la fiesta txuri-urdin. Sin altercados, con un ambiente formidable y con la hostelería lisboeta frotándose las manos, la cosa comenzó a torcerse ya en el desplazamiento al Estádio Da Luz. La Real había recomendado a su hinchada que utilizara los distintos medios de transporte público para acudir al campo, ya que organizar una kalejira resultaba inviable al estar el campo a casi dos horas a pie de distancia del centro de la ciudad.

La plaza del Comercio se convirtió, a las dos de la tarde, en el epicentro de la fiesta realista y, pocas horas después, también del lugar de donde partió la afición. La odisea comenzó con el acceso al metro, dos horas antes del encuentro. “Si había siete máquinas expendedoras de billetes, cinco estaban estropeadas”, cuenta Aitor, uno de los realistas que tuvo que armarse de paciencia para poder acceder al tren. “Las colas fueron impresionantes”, cuenta.

Superado ese primer trámite, llegó el primer mal trago de la tarde. Al llegar a la estación Colégio Militar/Luz, en las inmediaciones del estadio, llegó el primer parón de la tarde. Sin poder salir a la calle, en una de las galerías de la propia estación, los aficionados estuvieron retenidos durante más de 20 minutos. “Nadie nos explicaba nada. Pensábamos que fuera estaría la afición local, pero ningún policía nos decía nada”, cuenta Aitor.

Txema Díaz también vivió la angustia. Viajó a Lisboa acompañado por toda la familia tras prometer a su hijo Aimar, de once años, que vería jugar a la Real en la Champions. Pese a lo excelente del resultado, la experiencia no fue tal y como Txema había pensado. “Lo pasamos bastante mal”, reconoce.

La agobiante espera en la estación fue el primer episodio desagradable de la noche. “El crío ya empezó a llorar y yo me empecé a agobiar. La verdad es que fue muy agobiante. Había muchísima gente, no nos podíamos mover y allí no había ni seguridad ni nada, parecía que podía haber una avalancha en cualquier momento”, recuerda.

Fuera, la situación no mejoró. Bajo un aguacero importante, los realistas se enfrentaron a un dispositivo de seguridad que impidió el acceso al estadio hasta diez minutos antes del encuentro.

«Había cuatro filtros policiales y dejaban pasar a la gente de 20 en 20. Era imposible avanzar»

Jon Hidalgo – Aficionado de la Real

Jon Hidalgo es uno de los pocos afortunados que pudo ver el inicio del partido desde su localidad. “Nos tuvieron como 50 minutos retenidos. El problema es que había que pasar como cuatro filtros policiales y solo dejaban pasar en grupos pequeños, como de 20 en 20. Imagínate gestionar eso con 3.000 personas, era imposible avanzar”, cuenta este aficionado.

Los realzales amenizaron la espera con cánticos de apoyo al equipo, pero Hidalgo reconoce que, transcurridos los minutos, la gente empezó a ponerse “nerviosa” y los cánticos fueron sustituidos por quejas a la policía.

“La gente empezó con el fuera, fuera y el diles que se vayan. Más que miedo, fue un rollo. No era plan cómo nos tenían. Está claro que el protocolo policial es de Champions, pero fue demasiado. Y los cacheos también fueron bastante heavys”, señala al tiempo que advierte: “Luego te preguntas cómo es posible que haya gente que haya metido bengalas”.

Él entró en el momento que comenzaba a sonar el himno de la Champions, pero no todos tuvieron la misma suerte. Txema y Aitor se perdieron el primer cuarto de hora del encuentro por una espera que transcurrió bajo “el diluvio universal”. Vistos los precedentes, pueden incluso sentirse afortunados, ya que la pasada temporada, aficionados italianos consiguieron acceder al Estádio da Luz 20 minutos antes de la conclusión del partido entre el Benfica y el Inter de Milán de cuartos de final.

«Fue una pasada. Yo soy adulto y me amoldo a la situación, pero los niños lo pasaron realmente mal»

Txema Díaz – Aficionado de la Real

También vivieron momentos de mayor tensión, ya que la gente comenzaba a perder la paciencia. “Todo el recorrido fue a través de un pasillo de policías con pastores alemanes, que te miraban intimidándote. Estaba diluviando, la gente increpando a la policía… Los niños pasaron mucho miedo”, apunta este aficionado que no duda en señalar los exhaustivos cacheos que los agentes sometieron a todo el mundo, incluidos los menores: “Fue una pasada”. “Yo he viajado bastante con la Real y no he vivido nunca nada parecido a esto. Y al final, soy adulto y me amoldo a la situación, pero los niños lo pasaron realmente mal”, apunta este padre de familia.

Para Aitor, los cacheos también fueron excesivos, aunque en su caso reconoce que el año pasado en Roma fue todavía peor. “Aquello fue increíble, mucho peor. Te tocaban por todos lados. Una auténtica pasada”, recuerda.

Una vez en el interior, los problemas se desvanecieron, aunque los realistas reconocen que la afición estaba “apelotonada” en la grada, ya que las cinco primeras filas quedaron sin ocupar por orden de la seguridad del campo. «No tenía mucho sentido, porque había una red enorme. Tampoco lo tuvo que nos quitaran los paraguas. ¿Qué íbamos a hacer, tirar la red abajo?», plantea Hidalgo.

«Los cacheos fueron heavys, pero lo de Roma fue peor. Allíte tocaban por todos lados. Una auténtica pasada”

Aitor – Aficionado de la Real

Sin embargo, no todo fueron esperas y malos modos. Aitor vivió el maltrago de la noche cuando se percató, en el descanso del partido, de que en el exhaustivo cacheo, había perdido las llaves de la furgoneta que le había llevado hasta la capital lisboeta. En una misión casi imposible, pidió auxilio al personal del campo, que se negaba a dejarle volver a entrar si salía a buscar las llaves. Sin embargo, los milagros a veces existen y uno de los steward de su zona se percató de lo que ocurría y sacó de su bolsillo las llaves que había encontrado instantes antes.

Con la satisfacción de los tres puntos logrados, el mal rato queda en anécdota. En Anoeta, en casa, todo será distinto.  

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