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Historias de Gipuzkoa
Historias de Gipuzkoa
Carlos Rilova Jericó
Hace 110 años la fecha en la que se consideraba iniciado el verano (y el veraneo) no guardaba ninguna diferencia con la actual. A diferencia … de lo que iba a ocurrir con el famoso cambio de horario, que sería resultado de la «Gran Guerra» que estaba en marcha en ese año de 1916.
Los periódicos donostiarras -ya muy consolidados para la época- guardan la memoria de momentos como esos. Al detalle. Y eso a pesar de que lo que se ha conservado en ocasiones de ellos no pasa de una página.
Es ese el caso de «La Voz de Guipúzcoa», el diario de referencia de los republicanos en San Sebastian y en el resto de la provincia.
Toda la primera plana de su número de 22 de junio de 1916 (del día anterior no se conservan registros en la Hemeroteca Municipal de San Sebastián) estaba ocupada, en general, por los acontecimientos -verdaderamente graves- que se estaban desarrollando en el resto de Europa en esos momentos en los que los donostiarras y sus visitantes veraniegos empezaban a disfrutar de las nuevas vacaciones. Si bien la primera noticia de la cabecera, a la izquierda, era de un tono amable a pesar de su carácter bélico.
Ahí esa redacción narraba la llegada al puerto de Cartagena de un submarino alemán. Un hecho que, sin duda, debió amargar el comienzo de aquel veraneo a aquellos agentes aliados destinados en San Sebastián que, mientras disimulaban su existencia camuflándose entre las terrazas y los paseos como un veraneante elegante más, debieron tomar buena nota del singular tratamiento que daba a ese hecho un periódico republicano (y por tanto aliadófilo) que, además, circulaba en una ciudad tan estratégica como San Sebastián, situada en la inmediata retaguardia de Francia.
Y es que la llegada a Cartagena de ese submarino alemán, bajo una apariencia inocua, pero que armó un gran revuelo en el Gobierno español, estuvo, de hecho, a punto de traer graves consecuencias. Como la entrada de España en guerra del lado del II Reich, abriendo un segundo frente justo al otro lado del Bidasoa de haber ido las cosas más lejos a cuenta de esa visita tan amable para unos y tan inquietante para otros.
Ese submarino que había llegado en la madrugada del 21 a Cartagena, no era cualquier submarino. Se trataba del U-35, calificado él y su comandante de auténtica leyenda en los historiales de la Marina alemana de esos años de la «Gran Guerra» que luego se llamaría «Primera Guerra Mundial».
El corresponsal de «La Voz de Guipúzcoa» daba desde luego cumplida cuenta de las victorias obtenidas por el U-35. Bien fuera con sus torpedos, bien con el cañón que llevaba sobre cubierta. Las cifras eran un total de 50 barcos hundidos, 47 de ellos a cañonazos. También señalaba la noticia que el submarino exhibía en su bandera de combate, como distinción por esos servicios, la condecoración de la Cruz de Hierro.
Pese a eso tanto las baterías del puerto como las del crucero Cataluña, habían respondido al saludo de 21 cañonazos del U-35 amistosamente con otra salva igual y las autoridades españolas -militares, navales y civiles- habían sido realmente obsequiosas con el beligerante U-35 y su comandante: Lothar von Arnauld de la Perière. Un complicado apellido, curiosamente de origen francés, y que el corresponsal de «La Voz de Guipúzcoa» transcribía como «von Arnauldy».
Las únicas medidas de precaución con el submarino alemán fueron impedir el acceso al mercante alemán Roma mientras las dos naves estaban al habla y ordenar que el U-35 se separase de ese barco y se aproximase al lugar en el que estaba anclado el Cataluña.
Por lo demás el posteriormente legendario comandante alemán intercambió cordiales saludos con el alcalde de Cartagena, con el comandante militar, el del apostadero, el del puerto y el comandante general del arsenal. Tras esto se permitió a los restantes oficiales alemanes visitar el crucero español y a su vez Von Arnauld de la Perière facilitó que el U-35 fuera visitado tanto por los muchos civiles que se habían acercado a ver la curiosa novedad como por militares españoles.
El corresponsal de «La Voz de Guipúzcoa» no ocultaba otros detalles aún más graves de esa visita. Como que el submarino traía medicinas para los alemanes procedentes del frente de Camerún y nada menos que una carta autógrafa del káiser Guillermo II dirigida a Alfonso XIII, donde el emperador germano agradecía al rey español (y de momento neutral) la buena acogida que se daba a los alemanes en sus puertos.
Tan amigable actitud por ambas partes culminaba, según decía el corresponsal, con regalos de vinos, licores y tabaco a los oficiales.
Todo aquello delataba varias cosas para los ojos expertos que, parapetados tras una mesa de los cafés elegantes de aquel San Sebastián ya de veraneo, estudiaban cómo un periódico guipuzcoano y republicano no parecía alterarse demasiado por aquella visita con la que parecían tan complacidas -y en relativa calma- hasta las máximas autoridades españolas que, según informaba ese mismo periódico, ya habían recalado en el Palacio de Miramar justo el día anterior a la publicación de tan sustanciosa noticia.
En efecto «La Voz de Guipúzcoa» de ese 22 de junio de 1916 informaba en la misma columna donde destacaba la llegada del U-35 a Cartagena, que se había iniciado el día 21 «El veraneo de la corte». Decía la noticia que, tal y como estaba anunciado, llegaba en esa fecha la reina María Cristina a la ciudad, siendo recibida en la Estación del Norte con todos los honores por el alcalde donostiarra -señor Inciarte- por el arcipreste y por todas las demás autoridades civiles y militares, acompañadas por la banda del regimiento Sicilia, que interpretó el himno español al acceder el vagón de la reina a los andenes.
Según indicaba «La Voz de Guipúzcoa» aquel nuevo verano donostiarra había empezado con buen tiempo, lo cual llenó las calles de la ciudad de mucho público que este diario republicano no tenía inconveniente en reconocer había saludado con entusiasmo a la reina cuando salió de la estación con su séquito y se dirigió en automóvil al Palacio de Miramar por la Avenida y el Paseo de la Concha.
Otra noticia que, sin duda, aquellos agentes aliados destacados en San Sebastián debieron de sopesar muy cuidadosamente junto con el amistoso agasajo al U-35 en Cartagena y la forma en la que «La Voz de Guipúzcoa» endosaba esa otra noticia sobre la llegada a la ciudad de la madre del rey que, por cierto, era una princesa austríaca como bien conocido era de todos. Del káiser Guillermo II que mandaba cartas tan amigables a Alfonso XIII, de los periodistas republicanos guipuzcoanos y de esos agentes que, en el Café Kutz -o algun otro similar- o en las terrazas del gran hotel que llevaba el nombre de esa misma reina, leían con avidez noticias como esas.
Imprescindibles para saber si, tras dos años de guerra, España estaba planteándose acabar con su neutralidad. Acaso justo al comienzo de ese nuevo veraneo donostiarra.
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Espías en La Concha y un submarino del káiser: así comenzó el verano de 1916 en San Sebastián
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