La Real vence al Sevilla en el último partido de liga (2-1)

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Lo mejor que tiene el fútbol es la capacidad con la que cuentan sus protagonistas para hacer feliz a la gente. Y en Anoeta hace mucho tiempo que está proclamado el estado de optimismo. La gente está encantada, no solo con la espectacular clasificación para la Champions de su equipo, sino con el proyecto, con su presente y futuro, con la forma de actuar de los suyos. Porque alcanzar una hazaña como esta ya es de por sí un éxito inolvidable, pero hacerlo jugando como los ángeles es todavía mucho más complicado. Ser fiel a una idea y llevarla a la práctica hasta las últimas consecuencias. “Aquí no se regalan minutos”, declaró durante la semana Asier Illarramendi, que abandona el barco por temor a quedar relegado en un olvidado segundo plano el próximo curso al ser consciente de que la evolución de este proyecto no tiene límite. 

71 puntos es una cifra extraordinaria, con la que otros equipos han ganado campeonatos de Liga. Y lo más increíble de todo es que ya lo damos casi como algo normal y habitual, tampoco nos impacta demasiado. Éramos plenamente conscientes de que esta Real estaba capacitada para alcanzar un logro de este calibre. Nos lo confirmó Imanol al final del curso pasado cuando demostró su ambición al afirmar que la clasificación a la Europa League le llenaba, pero que se había quedado con la espina clavada de luchar por las cuatro primeras plazas. La Real lleva tres años ahí, bien colocada, esperando a que cayera uno de los gigantes y en este curso el que arrancó perezoso hasta meterse en un jardín muy peligroso fue precisamente su rival de ayer, el Sevilla, que cuando le han enderezado, ha ganado nada más y nada menos que la segunda competición continental. Esta es la nueva mesa en la que se sientan a cenar los blanquiazules.

En un encuentro intrascendente, entre dos equipos que competirán el próximo curso al máximo nivel en el Viejo Continente y que servía para despedir a Illarramendi, los realistas se impusieron por 2-1 con goles de Brais y de Cho. Precisamente dos futbolistas que necesitaban reivindicarse tras una segunda vuelta bastante decepcionante con el potencial que ya habían acreditado esta temporada, en la que han confirmado que son dos grandes refuerzos de presente y futuro. Una bonita despedida que amagó con sabotearla el Sevilla después de que Lamela recortara distancias.

Imanol fue fiel a su personalidad y alineó un equipo muy reconocible, con cinco cambios, pero con jugadores que eran titulares en potencia como se ha podido comprobar a lo largo de la temporada. Por supuesto, destacaba la presencia del homenajeado Asier Illarramendi, con Zubimendi y Brais en la medular, es decir sin Mikel Merino. Con Gorosabel, Zubeldia, Pacheco y Rico en la retaguardia y Barrene, Sorloth y Kubo en punta, o lo que es lo mismo, sin Mikel Oyarzabal. La resaca del Sevilla provocó que Mendilibar, que reconoció que no había podido preparar el encuentro, introdujera bastantes cambios, aunque tampoco resultara nada drástico.

Homenajes

La Real no faltó a su cita con el pasillo de nuevo y los jugadores hispalenses se les unieron para recibir a Del Cerro Grande, que se despedía del arbitraje. Los donostiarras estrenaron su nueva casaca, tipo albiceleste, que pareció muy bonita, aunque con demasiado predominio del blanco.

La primera parte fue entretenida y divertida, con alternativas y un mayor dominio de la Real, que se marchó al descanso con una justa ventaja. A los cuatro minutos, Brais, que recordó por momentos al jugador de la primera vuelta, sirvió un balón en bandeja a Sorloth, cuyo disparo lo detuvo Dmitrovic. Dos después, tras la primera irrupción de Kubo, un rechace que peló Pacheco acabó en los pies del noruego que finalizó fuera. Antes de cumplirse los diez, Barrenetxea, que se encuentra en plan estrella, buscó el palo corto como contra el Madrid, pero se topó con el serbio. En pleno dominio txuri-urdin, que demostraba en todo momento tomarse mucho más en serio el duelo que su contrincante, a Brais se le escapó por centímetros un buen chut. Fue la antesala del gol, que nació en un pase largo de Zubimendi que Barrenetxea, a la segunda, se la dejó al gallego para que cruzara a la red sin apenas oposición. Gran noticia que el de Mos viera de nuevo portería, algo que no lograba desde Nochevieja. Antes del entreacto, la Real levantó el pie del acelerador y solo se pueden destacar dos buenas acciones de Kubo que se quedaron en poca cosa. En la otra meta, Remiro solo tuvo sobresaltos en algún balón largo, aunque tampoco le pusieran a prueba de verdad. Su única intervención de mérito llegó en un disparo de Rafa Mir que tampoco le inquietó en exceso.

El comienzo de la segunda parte en cambio fue bastante distinto. El Sevilla entró fuerte y sin apretar en exceso el acelerador generó hasta tres ocasiones claras que solventó un magnífico Remiro. Con los cambios los locales mejoraron y volvieron a meterse en la contienda. Kubo desperdició la mejor acción coral de la tarde txuri-urdin y Sorloth no logró marcar una buena asistencia de Oyarzabal. A falta de 18 minutos, el noruego sirvió un buen balón a Cho, que anotó el segundo con su pierna mala.

El Sevilla recortó distancias en una jugada que partió en una posible falta a Carlos y Cho estuvo muy cerca de firmar un doblete.

Poco más hasta el final. La Real gana casi por inercia porque son muy buenos. Cuando tiene máxima presión, cuando más lo necesitan, cuando no se juegan nada, cuando es una fiesta… Ganar, ganar y ganar. Esa es la máxima que ha introducido Imanol. Por eso lleva cuatro clasificaciones consecutivas para Europa, con el aliciente de que la última ha sido con el premio gordo de la Champions. Son tiempos de bonanza, de agradecimiento... Que esto no acabe nunca. Todos queremos más. 

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