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Real Sociedad
Ángel López
Hasta que no se deciden a escribir su biografía, hay muchos aspectos de la vida y la carrera de los futbolistas profesionales que, aunque las … van marcando decisivamente, se desconocen por completo. Uno de los últimos en desvelar sus secretos ha sido Robin Le Normand, jugador del Atlético de Madrid en la actualidad, pero que ha desarrollado la mayor parte de su carrera en la Real Sociedad. Por eso dedica el central de Pabu varios capítulos de su libro, ‘Por miedo a decepcionar’, a su estancia en la escuadra txuri-urdin, desde su primer alojamiento en una tienda de campaña de un camping de Hendaia, hasta esa salida, esperada pero silenciosa, al Atlético, con sus palabras de loa a la afición rojiblanca que tanto hirieron a la hinchada txuri-urdin.
Es una historia de vida y superación la del central, que desvela que siempre le han acompañado un saboteador interno al que ha tenido que domar y ese miedo a decepcionar sobre todo a sus padres que cita en el título, además de diversos cuadros de ansiedad que vivió en la Real o incluso vértigos en el transcurso de algunos partidos como txuri-urdin. Considera a Imanol como su «padre deportivo» y dice que cuando Oyarzabal marcó el gol del triunfo en la Eurocopa se alegró más por él, por lo que había luchado, que por la selección, en la que él mismo estaba.
Todo comienza con el relato de lo sucedido en un vehículo en el que iba con toda su familia hacia su primera prueba con el Stade Brestois, con 14 años. Robin comenzó a llorar y les dijo: «No quiero ir, no puedo ir, volvamos a casa». Su padre frenó y su madre le terminó de convencer de que tratara de cumplir su sueño. Lo iba a conseguir en la Real. Le Normand vivía con sus padres y sus hermanos pequeños Théo y Nora. Habían pasado ya diez años desde que el drama sacudiera sus vidas, con el fallecimiento de su hermana Lou, de cinco años. La pequeña murió electrocutada al caérsele encima un ventilador estropeado. El central, que trató de rescatarla, se salvó porque tenía las zapatillas puestas, al contrario que su querida hermana. Desde entonces odia ir descalzo. La familia lo fue superando cambiándose de casa y a través de una comunicación sincera constante.
Le Normand pudo recalar en la academia del Stade Brestois y, aunque llegó a jugar un partido en la Ligue 2, tras cuatro campañas en su academia no pasó la criba definitiva pese a sus buenas prestaciones del último curso. A los 18 años, estaba sin equipo, llorando en su casa y con pocas esperanzas, hasta que apareció la Real para brindarle una prueba. El primer equipo estaba de gira en Estados Unidos y Le Normand pasó su reválida con una mezcla de jugadores del Sanse y del C. Le entró por el ojo a Imanol Alguacil y se quedó.
«La Real Sociedad es el sitio perfecto para crecer como futbolista», se sincera el bretón. Y lo argumenta: «La competencia es sana y se trabaja con cada jugador, se identifica en qué falla cada uno y se le pone a hacer ejercicios específicos. En otros lugares, se arroja al futbolista a los leones y se le obliga a mejorar por su cuenta. En este proceso, Imanol tuvo un papel fundamental. Se quedaba con él tras los entrenamientos para ver un vídeo tras otro: »Es mi padre futbolístico, el que me ha dado una carrera profesional«, »él me esculpe a nivel táctico y me convierte en profesional«, »era un gran líder, el entrenador perfecto«, »fue el creador que imaginó que ahí dentro había un futbolista«, son algunas de las frases que Le Normand dedica a la figura del técnico oriotarra.
Y es que sus inicios no fueron fáciles. A los problemas futbolísticos, de índole táctico, se unieron el cierto desconcierto en el club con la destitución de Loren y la llegada de Olabe y la evidente barrera idiomática. No sabía castellano y mucho menos euskera, y las primeras instrucciones que escribieron en la pizarra estaban en la lengua vasca. Todo ello le llevó a cometer muchos errores en sus primeros partidos. En los entrenamientos, cada vez que hacía un buen pase, Imanol le espetaba: ‘¡Eso es!’, pero él entendía: ‘¡SOS!’ y creía que había fallado. «Me explotaba la cabeza», recuerda.
Los errores también los cometía fuera del campo. Pecados de juventud. Visitas a casas de apuestas, primero jugándose cinco euros, más tarde 700, alimentación poco apropiada y noches enteras jugando a la Play, después de instalar un colchón entre el sofá y la televisión. Ya había dejado atrás la etapa en la que, todavía sin saber cuánto tiempo se quedaría en la Real, se alojaba en una tienda de campaña en un camping de Hendaia. En las dos primeras semanas, le acompañó su familia. Fue allí donde conoció a Asier, su gran amigo.
Ya asentado, trataba de llegar de los primeros a Zubieta. Tenía un Seat destartalado, una auténtica tartana, y le pareció curioso que los espacios para aparcar tuvieran un número asignado. Los primeros días comenzó a estacionar en el ’11’, porque es el día de su cumpleaños. Lo que no sabía es que esos lugares están adjudicados para los componentes del primer equipo y cada uno deja su vehículo en la plaza que corresponde a su dorsal. Por ello, Carlo Vela no salía de su asombro al comprobar que a diario le usurpaba su espacio un coche de esas características y debía buscar otro para estacionar su flamante deportivo.
Por aquellas calendas, Le Normand se quedó perplejo cuando, ya en su segundo contrato con el Sanse, pasó a cobrar 88.000 euros al año. Fue un choque para sus padres, pero lo fue más cuando, ya como jugador del Atlético, les dijo que tenía que abonar 10.000 euros al mes para alquilar su casa en Madrid. Su primer contrato con el primer equipo lo firmó junto a su descubridor y primer agente, al que considera poco menos que un elemento tóxico en su carrera. «Lo firmé sin mirar», admite. Destaca el «control mental» que ejercía el asesor sobre él. «Es una persona que me dice que todo lo que tengo se lo debo a él, soy su trofeo», relata. Incluso denuncia Robin que cuando le llamó para anunciarle que se iba a separar de él, su mentor, cuyo nombre no cita, le amenazó con llamar a su amigo Deschamps, seleccionador de Francia, para que no le llamara nunca. Le Normand volvió a recomponerse, en parte gracias a las buenas artes del coach Imanol Ibarrondo, al que cita en varios pasajes.
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