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Su conversación fluida y cercana contagia vitalidad y desprende ganas de aprovechar el tiempo a tope como si no hubiera mañana. Se nota, y mucho, que las incontables horas de vuelo en la asistencia diaria a distintos colectivos han cincelado una personalidad muy abierta, plena de habilidades sociales y con vocación de servicio. Aurora Martín García (Palencia, 12-04-1959) se crió en las casas que edificó el Ministerio de Obras Públicas (MOPU), ubicadas en una amplia zona con soportales entre las estaciones de tren, autobuses y la comisaría de Policía. Su padre, Juan, trabajaba como conductor de camiones en el parque móvil de los ministerios, y su madre, Albina, se dedicaba atender a una familia numerosa de seis hijos, en la que Aurora ocupó el último lugar.
El barrio de San Pablo y Santa Marina presidió una infancia y juventud muy lúdica entre juegos como la goma, el pilla-pilla o al balontiro en la plaza de San Pablo. «Sobre todo, me gustaba patinar con unos patines enormes que tenían ruedas de hierro en la pista del cercano parque de Los Jardinillos. También era habitual comprar churros en la churrería que aún permanece junto a los soportales de la vivienda familiar, en la que nos reunimos ocasionalmente todos los hermanos en nuestro barrio de toda la vida, donde mantengo muchas amigas», expone.
Sus inicios escolares se dieron en el colegio que el parque móvil ministerial tenía en lo que es hoy el edificio de la Administración del Estado. «Allí había una escuela femenina y otra masculina separadas en dos bloques, en la que permanecí de los 6 a los 9 años. Recuerdo que los profesores se llamaban Celso, en el caso de los niños, e Imelda, en el de las niñas», apunta.«Mi boda en Guipúzcoa fue en euskera y no me enteré de nada» – Foto: Óscar NavarroLuego llegó una segunda y larga etapa estudiantil en el colegio privado, de las monjas Filipenses, dentro de la última promoción en la que se estudiaba seis cursos de Bachillerato antes de implantarse la Enseñanza General Básica (EGB). «Llevábamos uniforme y era un colegio exclusivamente femenino en el que también había internado, ya que muchas alumnas llegaban desde los pueblos. La educación era estricta y había monjas un poco duras, aunque lo pasamos fenomenal y entre muchas compañeras se creó un vínculo de amistad fuerte. Primero celebramos el 25 aniversario de nuestra promoción y hace poco el de los 50 años. Entonces empezaron los deportes femeninos como el baloncesto, pero en casa no me dejaron porque se consideraba que hacer actividades extraescolares era perder el tiempo. Los padres estaban fuera del entorno del colegio y las monjas eran las que lo estructuraban todo», asevera.
Luego llegó el paso al Curso de Orientación Universitaria (COU) con 16 años en el instituto Alonso Berruguete. «Ahí empecé a salir del círculo protegido del colegio para meterme en un mundo que a nivel de profesorado, alumnado y normas era completamente distinto. Desapareció el uniforme y comencé a vestir de manera normal. Antes, con 13 años, acudíamos mucho al parque del Salón con una hora de llegada a casa y formamos una pandilla. Era habitual ir al cine del convento de San Pablo y al de Los Luises, que pertenecía a los hermanos franciscanos, y, más adelante, acudimos al resto de salas cinematográficas de la ciudad», indica.
VOLUNTARIA EN CRUZ ROJA. En la misma etapa juvenil Aurora, junto a un grupo de amigas, tomó contacto con las voluntariado, colaborando con el departamento de Acción Social de Cruz Roja de la Juventud. «Acudíamos a la residencia de mayores de San Bernabé los fines de semana, al igual que a Aspanis, y allí preparábamos actividades de animación, ocio y tiempo libre para personas con discapacidad. Además, los domingos dábamos de comer a residentes del centro psiquiátrico de San Juan de Dios, ya que desde siempre me gustaron las labores de carácter social», explica.
Desde Cruz Roja surgieron grupos de amigos para juntarse en torno a la guitarra y las canciones en los lugares en los que se podía. «Íbamos a comer o cenar a La Bodeguilla, cerca de la calle San Pedro, detrás de la catedral. También al Caserío, La Mejillonera o la taberna de Los Vikingos, junto a la calle Mayor, que eran nuestros puntos de encuentro al igual que los de la que gente que estudiaba», detalla.«Mi boda en Guipúzcoa fue en euskera y no me enteré de nada»Por entonces llegó el ciclo universitario en la Escuela de Magisterio y no tuvo que irse lejos de casa ni de la zona de San Pablo, ya que estaba situada muy cerca en el colegio Tello Téllez, en el barrio de San Antonio. «Recuerdo a profesores muy jóvenes como Enrique Delgado, Pablo Colmenares o Carmen Colmenares que nos llevaban muy pocos años de edad y todavía tengo amistades de esa época universitaria. Asistíamos a verbenas y organizábamos las fiestas de la escuela, preparando tortillas para vender bocadillos en los recreos y sacar dinero destinado al viaje de fin de curso. Fue una etapa muy creativa en la que hacíamos una revista, formando un colectivo muy activo y crítico entre huelgas y asambleas, coincidiendo con problemas laborales serios en el el sector de construcción. Además, el intento de golpe de Estado de 1981 nos pilló en el tercer curso y recuerdo que fue una época muy reivindicativa y de protesta social», concreta.
Al concluir Magisterio, el primer dinero lo ganó impartiendo clases particulares en verano desde casa de Matemáticas y Lengua, así como ejerciendo de monitora de ocio y tiempo libre hasta que, años después, comenzó su amplio periplo laboral. «La formación que tuve en Cruz Roja me llevó a los primeros campamentos que la Junta hacía en las aula de naturaleza de Vallejo de Orbó. También me contrató la Comunidad de Madrid para campamentos en los que se recorrían el río Pisuerga y el Canal de Castilla desde sus nacimientos en el norte de la provincia. Además, como había que tener unos ingresos y no depender de casa, trabajé cogiendo manzanas en septiembre y octubre», relata.
INTERINIDAD Y PLAZA FIJA. Tras dos intentos fallidos como opositora en Cataluña y Sevilla, además de trabajos esporádicos en educación de adultos con la Junta y una estancia de tres meses en la Universidad Popular (UPP), surgió la oportunidad de acceder a unas plazas de animadora comunitaria en el Ayuntamiento. «Me presenté con una amiga que tenía de los campamentos, aprobamos y nos hicieron un contrato de tres años. Incluso, eché una instancia para irme de cooperante a Latinoamérica», dice. En esa etapa, su trabajo abarcó a distintos colectivos vecinales con programas de actividades destinados a ellos a través de los centros municipales de San Antonio, Puentecillas y Allende el Río, hasta que se crearon los actuales centros de acción social (CEAS).
La plaza fija la obtuvo después de casarse con José Ignacio, guipuzcoano al que conoció unas vacaciones de Semana Santa en Castellón por unos amigos comunes. «Él había estudiado perito agrícola en Palencia pero no había vuelto y, tras salir una plaza para trabajar en Valladolid, que sacó, empezamos a vivir juntos. Cuando yo tenía 32 años nos casamos por lo civil en un pueblecito de Guipúzcoa. La ceremonia fue en Euskera, con lo que no entendía nada como me recuerda siempre mi marido. A los 34 años aprobé la oposición, a los 36 nació mi primer hijo, Imanol, y a los 38 el segundo, Jon. Como mi esposo viajaba bastante, para compaginar la vida laboral y familiar, me acogí una reducción de jornada por cuidado de menores y estuve con ella 12 años. En mi primer embarazo me puse a estudiar Educación Social y, al trabajar, solo podía ir a los exámenes, sin llegar a terminar, aunque más adelante me reconocieron esa formación en mi desempeño municipal», arguye.
Su última etapa la llevó a cabo en el Centro de Acción Social Social (CEAS) José María Fernández Nieto, desde que se inauguró hace 15 años en parte de los terrenos del antiguo campo de fútbol de La Balastera. «Empezamos dos personas trabajando y llegamos a ser diez con numerosas tareas en este tiempo como aulas de mujeres, apoyo escolar, actividades con asociaciones de vecinos y de padres y madres en colegios, junto a jóvenes y voluntarios. Ya en la última etapa llevábamos temas de empleo relacionado con la exclusión social, mediante un itinerario laboral con personas que perciben una prestación social y son vulnerables. Además, tuve la oportunidad de coordinar arraigos y reagrupamientos familliares de personas migrantes», se congratula.
DÍA A DÍA SIN PARAR. Jubilada hace medio año, su vinculación con el CEAS José María Fernández Nieto aún sigue viva al margen de lo laboral, ya que es una participantes más en las clases de baile. El resto el tiempo lo reparte entre el deporte y otras aficiones. «Antes anduve mucho en bici, hice senderismo y fui a clases de tenis. Ahora hago senderismo a mi aire, voy a pilates y juego al pádel, además de acudir al gimnasio.Como mi marido es guipuzcoano hacemos varios viajes por el País Vasco y Navarra y también hemos realizado rutas por Noruega, Polonia, Portugal o la Bretaña Francesa y nos iremos a Austria en julio. Como empecé en los huertos urbanos de Cruz Roja hasta que cerraron, ahora cultivamos -a través de una amiga- una parcela pequeña de una huerta cerca de la gasolinera del hotel AC. Leer novela histórica, asistir a espectáculos musicales y teatro son otras de las actvidades a las que acudo cuando se da el caso. Además, los jueves los reservamos para tomar algo con los amigos», concluye, con un marcado espíritu activo que, a buen seguro, mantendrá sin dudarlo.
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