Maracaná. El estadio de los estadios. Esta semana me ha dado por leer historias de míticos campos de fútbol y el templo mundial por antonomasia siempre ha sido y será la casa de la selección brasileña. Aparte de, también, la de los cuatro clubes más importantes de Río de Janeiro: Flamengo, Botafogo, Vasco de Gama y Fluminense. Un escenario espectacular, con “una redondez perfecta de platillo volante, sus dos anillos, su tapete alto y verde vivísimo, su humo de caldera, el olor mezclado de mantequilla, cerveza y hierba (del césped y la otra), el sonido de la percusión de samba entrando al hipotálamo y la visión de miles de cuerpos en combustión, saltando enfebrecidos y tratando de imponerse a los hinchas de la curva de enfrente en la salida de los equipos al campo”. Me encanta la descripción del periodista Arturo Lezcano en Líbero evocando su primera vez.

Castigado por las reformas y la modernización, el estadio más grande del mundo, en el que llegaron a entrar más de 200.000 personas, ha perdido gran parte de su espíritu y su esencia. Como no podían financiarlo para que albergase el Mundial de 1950 que finalizó con el dramático Maracanazo y los consiguientes suicidios, tuvieron la brillante idea para lograr la ayuda económica de la ciudadanía al ofrecerle derecho a un asiento a perpetuidad a quien aportase una cantidad. Que dicho sea de paso, no estaba mal la oferta.

Pero hay un detalle que me ha llamado mucho la atención y es que la arquitectura de sus gradas podría relacionarse con la estructura social del país. “En la parte superior del anillo inferior se ubicaban las cadeiras, aquellas butacas compradas a largo plazo por gente de clase media-alta, con la mejor vista del campo y a cubierto del sol y la lluvia. Arriba, todo el anillo superior, la más grande, lo ocupaba la Arquibancada, mayoritariamente clase media a la que le gustaba ver el fútbol con cierta comodidad. Y debajo de todo eso quedaban los tres cuartos del anillo inferior, el lugar donde por dos monedas el pueblo se divertía, donde todo se vivía diferente. Eso se llamaba Geral, la general, grada de cemento y de pie y a sus habitantes se les llamaba geraldinos. Allí se vivía el desenfreno sin fin”. Lo más curioso es que en la parte más baja de estos últimos, la visión quedaba incluso por debajo del césped y cuentan que los de las primeras líneas celebraban el gol por intuición. De ahí que en muchas fotografías se asocia la figura del geraldino con la del transistor en la oreja, una imagen que siempre me llamaba mucho la atención. Era porque apenas veían el partido. Se guiaban por los sonidos del fútbol. Y el de Maracaná era como el del Carnaval.

Maracaná era el corazón de la ciudad y latía todos los domingos”. A menor escala, más de andar por casa, pero igual de sentida y apreciada por su parroquia, me recuerda al influjo de El Sadar en Pamplona. Antes de estar todos sentados, el campo navarro también tenía a sus propios geraldinos que se situaban en mitad de la tribuna a ras de césped todos de pie. Ahí estuve mi primera vez viendo a la Real. Todo el partido con la afición txuri-urdin mofándose de Spasic para que acabara marcando el segundo gol de un 2-0. Siempre he sido muy reacio a forzar ese tipo de situaciones, como cuando se entona el “tonto, tonto” a un rival que ha cometido alguna torpeza. Después de tantos años en esto, la Ley de Murphy me parece una amenaza tan constante como implacable…

La rivalidad amistosa entre la Real y Osasuna siempre me ha parecido que tiene su esencia en sus aficiones, en la grada… No es que se lleven bien en las horas previas y en el post, sino que en el mismo campo pueden convivir alentando a los suyos sin que se genere ni el más mínimo problema. De ahí que a estas alturas prefiera no darle demasiadas vueltas a capítulos históricos desagradables de cuya existencia prefiero no acordarme a pesar de que nos vino bien para recordar que en el verde solo vale competir siempre y contra todos.

Me da envidia la afición de Osasuna en las horas previas a su final de Copa. Está viviendo nuestro sueño, del que nos privó una maldita pandemia mundial. Con el paso del tiempo, lo contaremos y costará que nos crean. Volvimos a ser campeones 34 años después y no es que no viajásemos con el equipo, es que no nos dejaron ni celebrarlo. Yo estaba en Madrid y viví las horas previas de la final que perdió Osasuna contra el Betis en 2005. También acudí al mismo Calderón en 2017 para presenciar, esta vez desde dentro, la goleada que encajó el Alavés ante el Barça. En ambas ocasiones pensé que necesitábamos vivir una experiencia así. Y ganar, por supuesto, que, pese a que con el paso del tiempo acabas quedándote con las cosas buenas de tus experiencias en la vida (por eso no guardo rencor a lo que sucedió aquel día), lo importante cuando hay una Copa en juego es vencer como sea. Aunque también sea justo reconocer viendo lo bien que se lo pasaron rojillos y babazorros, que les quiten lo bailado.

Mi condición de periodista no me lo hubiese permitido, pero yo siempre he querido imaginarme el derbi para siempre de Sevilla con la grada llena y con la plebe disfrutando como lo hacían los geraldinos en Maracaná: “Los desconocidos se arrojaban en brazos de otros desconocidos, se disfrazaban, bailaban, insultaban a coro, se tiraban en avalancha, sudaban, se mojaban, bebían y florecían en vida a cada abrazo tras seis días de rutina vital más o menos atribulada”. Fútbol y fiesta en estado puro…

Como recientes campeones, podemos dar consejos a los navarros, que nunca se rinden. Es una leyenda aquello de que es muy importante llegar en una dinámica ganadora. La Real cayó 1-6 ante el Barça mientras algunos por aquí cerca se frotaban las manos. O incluso remontándonos al anterior título, en 1987, los realistas cayeron 5-1 ante el Atlético en el Calderón en la Liga trece días antes de derrotarle en los penaltis. El llegar aparentemente como motos está sobrevalorado, es mejor presentarse a la gran cita con piel de cordero y con todos enteros. Bromas aparte, el calendario infernal que se le presentaba sobre el papel a la Real tenía posibilidades de enmienda en función de las urgencias de sus rivales. Tras visitar a sus tres adversarios más directos de forma consecutiva, ahora toca examinar en cuatro días a los dos finalistas de la Copa. No hace falta insistir en que en La Cartuja iremos con los rojillos, pero, al igual que en anteriores salidas en las que la Real cayó porque parecía que se jugaba menos, en esta ocasión da la sensación de ser una fecha clave para los nuestros. Un triunfo en Pamplona tras el empate del Villamarín sería un espaldarazo casi definitivo para sellar el sueño Champions. Que no supondrá un subidón al instante tan fuerte como el que puede y merece vivir Osasuna en Sevilla, pero que tendrá el premio extraordinario de codearse con los mejores y aspirar a un mañana aún mejor. Ojalá se cumplan las dos premisas. Y que lo celebren a lo grande sus respectivos geraldinos. ¡A por ellos!

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