La frase corresponde a un mítico entrenador guipuzcoano, ya retirado, y retumba en mi cabeza durante estos días posteriores al derbi: “No es lo mismo mirar los partidos que ver los partidos”. Mirar los partidos significa, a su juicio, atender únicamente al balón y a su destino más próximo, deseando que el esférico se acerque a una portería y cruzando los dedos para que no entre en la propia. Ver los partidos, mientras, supone una tarea más compleja, no tan centrada en el resultado final y enfocada en mayor medida en entender los porqués del juego. Pues bien, el fútbol evoluciona tan rápido que la zanja abierta entre quienes miran los partidos y quienes ven los partidos se hace más y más grande semana tras semana, tal y como evidencian declaraciones efectuadas por protagonistas que lo viven todo desde dentro. “No leo la prensa, no leo comentarios de la gente después de los partidos… No leo porque no hay esencia, lo veo todo superficial, no se habla del juego”, decía Carlos Fernández hace un mes en una entrevista concedida a este periódico. Manda bemoles que un periodista como el arriba firmante se identifique con semejantes palabras… Pero la resaca post Bilbao viene a dar la razón al delantero andaluz. Veamos.

El Athletic

Tiene uno la sensación de que durante los últimos años, derbi tras derbi, existe por estos lares una evidente tendencia a infravalorar al Athletic. Que si no propone, que si no tiene gol, que si su fútbol es aburrido y rudimentario… Enumero clichés que van instalándose en las cabezas y que luego, en caso de derrota, son tenidos en cuenta para construir un relato al menos coherente, aunque la película resultante tenga poco que ver con la realidad. El caso es que, como la Real se llevó un buen meneíto en San Mamés durante 30 largos minutos (del 15 al 45 aproximadamente), faltaron allí intensidad y compromiso para hacer frente al rival. ¿Cómo explicar si no que nos bailaran esos tarugos? Detéctese el carácter irónico de este último apelativo, porque el Athletic es un equipazo, un muy buen equipo que el sábado superó al nuestro a base de juego puro y duro. Quedó bastante claro viendo el partido y no solo mirándolo.

El contexto del derbi

El duelo de San Mamés tuvo el precedente del 3-1 en Anoeta como telón de fondo, al menos a nivel táctico. Con la Real conservando desde entonces el 4-4-2 de medular en rombo y el Athletic haciendo lo propio con su 4-3-3, ni Imanol ni Valverde tenían razones para pensar en cambios del rival a la hora de presionar. Y acertaron ambos en este sentido, pues ninguno varió la estructura defensiva respecto a enero. A partir de ello, eso sí, los dos entrenadores buscaron alternativas que se apartaran del guión visto tres meses antes: el txuri-urdin, haciendo del derecho el lado fuerte y convirtiendo el rombo en cuadrado para explotar la espalda de Vesga; el rojiblanco, mientras, apostando por sus laterales como vía alta de salida ante un rival cuyo dibujo vacía las bandas. No pasa nada por decir que, hasta el descanso, pesó más el plan local que el visitante. En ello estuvo, de hecho, gran parte de este derbi. ¿De qué manera? Los nuestros sufrieron para emparejarse en defensa con el triángulo que formaban Yuri, Mikel Vesga y Nico. Y además parecieron algo cohibidos a la hora de arriesgar y de exponerse. Porque los Williams infunden respeto y penalizan cualquier bloque medio-alto mal ejecutado. Y porque conectar en Bilbao con los hombres libres exigía a menudo un par de pases previos entre pirañas. Los hermanos amagaron con correr. Se perdió algún balón aislado en zona peligrosa. Y llegaron así las dudas. Las lógicas dudas.

Crédito de sobra

Durante la media hora de marras sucedió lo que sucedió. A las superioridades de pizarra que halló y explotó el Athletic se les sumaron las anímicas que el mero transcurrir del encuentro fue produciendo. Y como consecuencia de todo ello vimos a una Real distinta, menos reconocible, nada mandona, pero entregadísima a la causa, faltaría más. Los futbolistas no podían y sin embargo sí querían. Porque si algo se ha ganado esta plantilla es crédito de sobra para que no dudemos de su actitud. Pasando por todo lo que pasó hasta el descanso el sábado en San Mamés, a nadie le habría extrañado que el equipo empatase en la segunda parte o que hiciera el 2-1 en el descuento cuando otros hubiesen bajado los brazos, pruebas inequívocas de que, resultados y malas tardes al margen, estamos en buenas manos. ¿Falta de intensidad? Deberíamos tener todos claro que, de aquí al 4 de junio, estos 25 chavales se van a vaciar por la elástica txuri-urdin, consigan o no el objetivo final. Veámosles jugar. Y no nos limitemos a mirarles. 

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