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Redacción
Arsen Zakharyan afrontaba la final como el momento ideal para dar un paso al frente en el esquema de Pellegrino Matarazzo. En un choque espeso del conjunto txuri urdin, el atacante ruso fue, sin duda, el futbolista de campo que mejores sensaciones dejó sobre el césped de Anoeta. Durante el primer acto, llevó con criterio la manija del juego ofensivo, asumiendo la responsabilidad en la distribución, proyectando con criterio a sus compañeros en la última línea y dejando destellos de esa enorme calidad técnica que atesora. Se mostró hipermóvil, ofreciéndose entre líneas y pidiendo el balón de forma constante para reactivar a un equipo falto de ritmo.
Sin embargo, el impacto del talentoso futbolista euroasiático se diluyó como un azucarillo con el paso de los minutos a lo largo del segundo tiempo. A medida que el desgaste físico hizo acto de presencia, Zakharyan perdió la finura en el último pase y erró en la toma de decisiones en dos contraataques de máxima ventaja que podrían haber cambiado el signo del derbi. Pese a no resultar determinante en los metros finales ni lograr traducir su hiperactividad en jugadas de gol, la actuación del ruso dejó claro que el talento natural permanece intacto, aunque evidenció que le falta esa marcha extra de agresividad y colmillo competitivo para terminar de derribar la puerta de la titularidad.
La sensación general que deja el choque es que la oportunidad no terminó de ser aprovechada de forma rotunda, pero sí sirvió para demostrar que Zakharyan está capacitado para ofrecer soluciones en la rotación. Hasta ahora, sus frenazos venían condicionados por problemas de adaptación o lesiones; hoy, lo que el joven internacional necesita de forma urgente es una secuencia real de partidos para alcanzar su punto óptimo. Con el exigente calendario que se le avecina a la Real Sociedad entre LaLiga y la Europa League, Matarazzo concederá con total seguridad nuevas revalidas a un jugador que necesita transformar esos chispazos de clase en un rendimiento constante y decisivo.


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